Bueno, en este caso me aseguré que el motociclista no tuviera heridas graves para sentirme libre de culpas y poderme ir -sin tener que llamar a la ambulancia o algo-: después de su vuelo se puso de pie enseguida. No sé cómo le hizo.
"Lo bueno es que traes casco", entablé la conversación. "Sí, si no...", me contestó, aunque seguía enojado con el taxista. Entre los tres desatoramos la moto, que se había metido a una de las ruedas del coche; claro, no sin antes abollarlo.
Pagué los 20 pesos que marcaba el taxímetro, aunque tenía ganas de darle 50. Ni sé por qué. Como que sentía el remordimiento de haber llevado a ese hombre a tener un accidente vial a cambio de menos de un par de dólares. Ya me tenía que ir.
Sucedió en Heriberto Frías y Xola a las 10 h.


