miércoles, 7 de mayo de 2008

Soneto III

Era mi corazón piedra de río que sin saber por qué daba remanso, era el niño del agua, era el descanso de hojas y nubes y brillante frío. Alguien algo movió, y se alzó el río. ¡Lástima de aquel hondo siempre manso! Y la piedra lavada y el remanso liáronse en sombras de esplendor sombrío. Para mirar el cielo, qué trabajos ruedan los ojos turbios, siempre bajos. ¿Serán estrellas o huellas de estrellas? Era mi corazón piedra de río, una piedra de río, una de aquellas cosas de un imposible tuyo y mío. De: Cuatro canciones de horas de junio Carlos Pellicer

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