jueves, 28 de agosto de 2008

Ya estaba listo

El Ipod en el brazo, los tenis, los chores y todo y que suena mi radio. ¡Chas!, un amigo que no veía desde el 2006 regresó de Canadá y me quería ver. No tuve de otra y me puse la ropa de mezclilla y otros tenis. Mi corrida nocturna quedó cancelada. ¡Qué mal!, porque regresé todo gordo e hinchado de la playa.
Y bueno, en el camino al punto de reunión tuve un recuerdo que detecté como casi perdido. Yo, aún impúber, me hice amigo de Gosh Servin, un ruso que estaba en mi pueblo de visita con un grupo de soviéticos. Hubo una fiesta para la comisión de su país. Por alguna razón fui ahí con mi familia.
Me enseñó un poco de cirílico y con su inglés me contó que vivía en Moscú, en Leninsky Prospect. ¡Súper! Cuando se fuera de México nos enviaríamos cartas y todo. Aún no existía el internet en mi repertorio de telecomunicaciones. ¡Ah!, y Moscú se escribe Mockba, o algo así.
Me cayó súper bien el Gosh. Quedamos en vernos al día siguiente en su hotel y fui, pero no quería decirle a nadie que iría con él. Me daba como vergüenza. Bueno, antes tenía este rollo tímido y absurdo: se me erizaba la piel de sólo pensar que alguien pudiera notar mi entusiasmo hacia cualquier cosa o persona.
También nos veríamos al otro día y le grabé un caset con música que me gustaba. Pensé que allá no escuchaban nada de esto y me pareció buena idea. Antes de salir vi el caset y sentí una gran incomodidad respecto a llevárselo. Lo dejé. Fuimos al Parque Juárez y me porté todo raro. Estaba triste por no haberle llevado el regalo en el que invertí un par de horas.
Me anotó su dirección en una libretilla que traía y arrancó el papel. Le dije que tomara la mía de la primera carta que le llegara.
De regreso decidí caminar cuesta arriba por las calles más empinadas y tomar un camino larguísimo a mi casa; ir por donde era menos probable encontrar a alguien conocido. Todo el camino sentí ese dolor de los tensos y comprimidos músculos que circundan la garganta.
Ya en mi cuarto evité ver el casi presente en mi buró. Hundí la cara en una almohada. No sé cuánto tiempo estuve así, pero me levanté sólo a tirar mis magnetizadas buenas intenciones a la basura de la cocina. Es obvio que nunca escribí la primera carta.

1 comentario:

Javiere dijo...

Joaquín Sabina cuenta en una canción que "... no hay nostalgia peor, que añorar lo que nunca jamás sucedió...", deberías buscarlo de alguna manera y mandarle un cd con la misma música que le grabaste aquella vez, estoy seguro de que recuerdas bien que canciones llevaba.

Un abrazo Tomás, éste relato me provocó un inevitable ojo de remi.