viernes, 24 de octubre de 2008

Hoy tomé

Conciencia y escribo de algo muy duro, para algunos más que para otros, claro. Recordé los 90. Ahí, el acontecimiento decisivo de la pubertad y adolescencia sucede cuando los papás se caen frente a uno, sin remedio y sin que pueda hacerse algo. Evitarlo no es posible, hay que vivirlo.
Un día el papá y después la mamá, o como sea, pero ahora veo el tamaño de eso. Recuerdo el nivel de mi decepción. No les perdonaba ningún error, ni sus peleas, ni sus decisiones arbitrarias, ni el daño que uno le hacía al otro. Después, las revelaciones de las "cosas de grandes" engordaron espantosamente ese caldo adolescente.
Y la adultez se siente con toda claridad cuando esos recuerdos ya no lastiman. No porque uno se haga de piedra o alguna de esas frases melodramáticas, sino porque los papás se reposicionan en la cabeza. Actuaron según su momento y circunstancia, suena fácil y trillado. Y cuando piensas en ellos, voltean a verte, y en el clousop sonríen.
Bueno, y la idea general de lo escrito en las líneas de arriba aplica para todos, je. Es lo importante de estas palabras .

4 comentarios:

jordim dijo...

Interesante blog, sigue en ello

El Astronauta dijo...

Totalmente de acuerdo. A mí me pasó. No me volví de piedra, ciertamente... PERO CASI! jajajaja

hugo dijo...

osh, para mi se vinieron abajo muy tardiamente, creo que por los 35!

Tomás, no hay más dijo...

Y es que no se me "vinieron abajo". Sí cambiaron las cosas. De niño tenía la percepción de ser una especie de mascota para mis padres. Después me la pasé vigilándolos y desaprobándolos durante la adolescencia. Ahora sé que siempre me han amado como nadie más en el mundo. Lo mismo yo a ellos. Son lo máximo; pero los dejé de ver como mi cabeza, influenciada por los medios y sus falsos prototipos, quería que fueran. Hoy me siento más cercano a ellos que nunca, pero fue duro. Je, je.