viernes, 18 de septiembre de 2009

Pedaleaba mi bicicleta

En una terracería solitaria. Estaba cada vez más oscuro. Eran como las ocho de la noche. No recuerdo cómo, pero de pronto ya estaba adentro de una casucha rural. El ambiente se veía polvoso, y ahí me atendía una pareja de desconocidos. No querían que siguiera el camino porque ni siquiera había luna que iluminara el camino. Y tenían razón.
"¡Ya debería ponerle a la bici las lámparas que ni siquiera he sacado del paquete!", lamenté.
Desperté.

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