sábado, 2 de enero de 2010

Te-

nía ocho años, y hasta entonces era lo normal pasar las Navidades y los añosnuevos en la casa de mis abuelos paternos. Siempre fui el nieto consentido; bueno, el idilio terminó cuando tenía unos 12 ó 13, porque de plano hubo una ruptura general entre mi madre y ellos. Y claro, "te das cuenta" de muchas cosas. En fin.
La cosa es que de niño sólo podía aspirar a beber sidra y vino, ya cerveza y otras cosas como que no, aunque había probado el whisky. "¡Sabe a madera!", me quejaba. Entonces, los tragos fuertes no eran lo mío.
Esa Navidad ya decían que no me dejaran las sidras al alcance, pues ya tenía cierto historial de ponerme a llorar y quedarme dormido.
Repetí el numerito de llorar en un rincón o acostado boca abajo en un sofá. Me acuerdo muy bien de esa sensación vaporosa de lágrimas y mocos en mi cara, y claro, la dificultad para respirar, pero no quería que me vieran. Bueno, para variar me sorprendieron, y se reían. "¿Por qué lloras?", me preguntaban todos. Y cuando decidía responder, sólo contestaba con un ahogado "por todo, por todo"; y decir eso me hacía llorar aún más.
Ahora que lo recuerdo, sí era cierto, sí estaba triste "por todo", y el alcohol como que reunía todas esas reflexiones y me las traía a la cabeza. Me las hacía ineludibles. Había algo de claridad en eso.

viernes, 1 de enero de 2010

Qué chingona película

Y qué momento, claro, choteadísimo así como el de The End, pero no importa. Quiero verla otra vez. ¿Alcanzaré a hacerlo antes de que terminen mis vacaciones?