miércoles, 2 de febrero de 2011

En casa de mamá había un conejo

A mí era al único que no tenía miedo. Se dejaba agarrar, acariciar y cargar. Un veterinario le dijo a ella que no era saludable tener esos animales en el jardín, que por sus meados, no sé qué tanto. Acto seguido, lo regaló. Lo extraño. Como siempre, 'me encariño' demasiado con lo que sea.

Después hubo un perro, labrador blanco, súper bonito; pero empezó a crecer, a demandar atención y por tanto a "molestar" a Dalida -una gata-, la mascota favorita de la casa. Como se supone que todo mundo ahí andaba súper ocupado, nadie podía dedicarle tiempo para ayudarle a que agotara diariamente sus energías. El jardín sufrió algunos estragos a consecuencia de ello. Lo regaló a la peor persona que podía habérselo dado, a uno de sus hermanos -un monstruo de persona-, y se escapó. Hasta hoy no se sabe nada de él.

Tampoco pude protestar mucho porque como me dijeron "tú ya ni vives en su casa". Y bueno, tampoco veía mucho al animal, pero ya lo quería.
Entonces, sin conejo ni perro y amordazado.